Trujillo representó una etapa en la vida del país imposible de reivindicar, a despecho de lo
que pretenden entre nosotros muchos panegiristas de ese régimen con influencia
todavía en nuestro quehacer político, y gente que trata por ese medio de justificar
sus propios errores y claudicaciones pasados. En ocasión de una conferencia en
el exterior, alguien del público me preguntó cómo podría definirse la
personalidad de Trujillo. Mi respuesta fue que en el país personas que le
sirvieron han tratado de crear una imagen paternal de ese odioso personaje.
Trujillo fue un tirano sanguinario y corrupto, que actuó siempre con mano
impiadosa contra todo asomo de oposición. Fue un hombre incapaz de inspirar
sentimientos nobles o grandes empresas nacionales, que no fueran aquellas
concebidas para su propio beneficio personal. Era un megalómano que disfrutaba
con la humillación de amigos y adversarios. Una personalidad torcida en todo el
sentido de la palabra.
En él, a diferencia de otros tiranos de su época, los
únicos métodos válidos de interpretación de la realidad, fuera política, social
o económica, eran la represión y la intimidación, en cuya aplicación se le
reconoció siempre verdadero virtuosismo y crueldad incomparable.
Con respecto a los colaboradores de la tiranía
trujillista y sus aportes al país, se ha orquestado toda una leyenda intentando
justificar la sumisión que siempre existió a su alrededor, en la pretensión de
que muchas de sus obras fueron positivas. Hay que reconocer que los propulsores
de esa fórmula de evaluación histórica han tenido un éxito relativo. Nada más
hay que ver cómo jóvenes que sin la menor idea del terror imperante en esa
etapa funesta de la República, se hacen eco de aquellas voces irresponsables
que se atreven a señalar que entonces se estaba mejor que ahora. Peregrina
afirmación basada en el desorden que ha caracterizado la vida nacional después
de su muerte y que es herencia viva de aquel régimen de oprobio.
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